¿Por qué ya no hablamos de turistas y sí de viajeros?

El día que tuve la idea sobre escribir este artículo Inturea cumplía 5 años. O lo que es lo mismo: llevo 5 años dedicada en exclusiva a trabajar con marcas turísticas. Un tiempo en el que he visto como esta industria ha evolucionado de una forma que no había visto en ninguna otra en mis 10 años anteriores de carrera en agencias de comunicación y publicidad.

Pensando en todos esos cambios y en cómo hemos ido adaptando Inturea a las necesidades del mercado reflexioné sobre realmente dónde radicaba el origen de este twist. Y me di cuenta que, casi de forma completamente inconsciente, en Inturea hemos dejado hablar de turistas para empezar a hablar de viajeros. Un cambio que a nivel semántico es casi imperceptible, pero que tiene unas connotaciones que marcan la diferencia. Una diferencia que creo que describen muy bien ese cambio que la industria turística ha vivido en los últimos 5 años.

 

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Parece que ya no nos gustan los turistas

He vivido y me he criado en Palma de Mallorca. La capital de una de las regiones que ha disfrutado de un desarrollo económico envidiable gracias a la apuesta que se hizo en la región por el turismo, ya desde los años 60. Más de 50 años de inversiones y esfuerzos por parte del gobierno y las compañías turísticas han posicionado a Mallorca y las Islas Baleares como uno de los mejores destinos para ir de vacaciones del mediterráneo. Desde que tengo uso de razón, recuerdo ir a playas preciosas que, durante los meses de verano, han estado siempre llenas.

Recuerdo también que esa afluencia de gente nunca había sido molesto. Convivíamos con ello, sin pensar en que ese desarrollo pudiera tener ni un atisbo de consecuencias negativas para quienes vivíamos ni en Mallorca, ni en ningún otro destino turístico del mundo. 

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Hasta que volví a vivir a Mallorca, allá por el año 2014, y empecé a darme cuenta que la forma en la que se percibía el turismo en 2005 (cuando me fuí) no era, para nada, la misma que veía en ese momento. Había habido un cambio: los turistas ya no eran el motor de la economía, sino un elemento que ponía en riesgo la sostenibilidad y la vida de los residentes. Todo parecía que estaba descontrolado: aumento de los precios de los alquileres, playas abarrotadas de gente, atascos donde nunca antes había habido, el mercado del barrio con tiendas gourmet en vez de puestos de fruta y verdura, … Es como si cada rincón se hubiera transformado para adaptarse a las necesidades de los turistas.

Entre el verano y la primavera del 2017 se hicieron visibles varios colectivos antiturismo. La prensa y televisión nacional se hicieron eco de las protestas que estos grupos de activistas llevaron a cabo en Barcelona, San Sebastián o en Palma de Mallorca. Todo esto llevó a la aparición de un neologismo: la turismofobia.

Las connotaciones negativas de la palabra “turista”

Fue en ese momento cuando la palabra “turista” empezó a llenarse de connotaciones negativas. Se crearon movimientos de barrio, de ciudad y grupos de activistas a nivel internacional (como el SET - Ciudades del Sur de Europa ante la Turistización) que han puesto sobre la mesa todas esas consecuencias de las que antes no éramos tan conscientes y que han impregnado el concepto del turismo, tal y como se entendía hasta entonces, de negatividad.

Una connotación negativa que responsabiliza a los turistas de muchos de los grandes males que vivimos quienes residimos en los destinos turísticos más populares del mundo. La realidad es que sí: el acceso a la vivienda cada vez es más complicado, las condiciones laborales no suelen estar a la altura del coste de vivir en los núcleos turísticos, las calles y playas están a rebosar, el transporte está saturado, los recursos naturales se llevan al límite y coger un avión es altamente contaminante.

Pero, tal y como yo lo veo, no se trata ni mucho menos de provocar el fin del turismo, sino de un acontecimiento que provoca un cambio. Los núcleos que han sufrido de esta especie de sobredosis, son ya destinos maduros que están apostando por mejorar el modelo para que sea más rentable tanto en el económico, como en el social y medioambiental.

 

 

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Cada vez somos menos turistas y más viajeros

En paralelo a esa maduración de los destinos turísticos y su modelo de desarrollo se ha producido un cambio de perspectiva de la sociedad como consumidora. Es innegable (y todo lo que he escuchado, visto, leído e investigado sobre tendencias de consumo lo corroboran) que vamos por el camino de empezar a tomar consciencia sobre cómo y por qué compramos.

Sí, es un proceso lento y que, en muchos casos ha empezado de forma superficial. Pero es un cambio. Y como tal, hay que tenerlo en cuenta.

Cuando extrapolamos esta evolución a la industria turística vemos como cada vez huimos del modelo de turismo tradicional de todo incluido, sol y playas abarrotadas, para buscar destinos y experiencias que nos aporten un enriquecimiento más allá de conocer un sitio nuevo. Por que al igual que somos consumidores más conscientes, somos turistas más conscientes. Somos viajeros. Por que al igual que los destinos han madurado y necesitan un nuevo modelo, también somos viajeros más experimentados y queremos descubrir nuevas formas de recorrer, experimentar y conocer el mundo.

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Las marcas turísticas ofrecen opciones más respetuosas con el medio ambiente, productos que apoyan la economía local, experiencias que nos acercan a las culturas para promover el respeto por lo nativo, acciones de compensación de la huella de carbono en nuestros viajes, … No porque se lo hayan sacado de la manga, sino porque nosotros, como viajeros, demandamos a las marcas que se alineen con nuestros principios y creencias. 

 

Nunca dejaremos de viajar

Esta reflexión nos sirve, sobre todo, para entender qué tipo de marcas turísticas tenemos que desarrollar. Por que nuestra industria depende, en gran medida, de recursos que no gestionamos directamente (los destinos en los que desarrollamos nuestra actividad). De un público que es universal, está globalizado y cada vez viaja más, y más lejos. Una audiencia global que no está dispuesta dejar de viajar.

Porque los viajes nos aportan mucho, muchísimo como sociedad global. Nos permiten conocer, querer y respetar otras culturas. Apreciar lo que no es naturalmente propio. Compartir conocimiento. Descubrir una visión diferente. Y esto lo digo como viajera y como nómada que he sido durante 10 años. Como residente en un núcleo turístico. 

Sigamos viajando y creando experiencias únicas de viaje a nuestros clientes.

La salud de tu marca, a prueba

Tags: OH! Tendencias, LEER, de turistas a viajeros

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